Por Erwin Navarrete, gerente de Construye2025
Hay programas que terminan y dejan archivos. Y hay otros que, al cerrar una etapa, dejan algo mucho más valioso: Temas y políticas públicas instaladas, y una forma distinta de mirar una industria. Creo que eso es lo que ocurre con Construye2025.
Durante una década, el programa ayudó a instalar en la industria de la construcción chilena una convicción que hoy parece evidente, pero que hace algunos años no lo era tanto: que productividad y sostenibilidad no compiten entre sí; avanzan juntas. Que la modernización del sector no depende solo de tecnología, sino también de coordinación. Y que los cambios de fondo requieren algo más que buenos diagnósticos: necesitan continuidad, instituciones capaces de colaborar y una conversación sectorial que mire más allá de la urgencia del día a día.
Ese es, probablemente, el principal legado de estos diez años. No solo los pilotos, las herramientas o los documentos técnicos. Tampoco únicamente los avances en industrialización, economía circular, transformación digital o capital humano. Lo más importante es haber contribuido a que el sector construyera una visión compartida. Haber demostrado que el mundo público, el privado y la academia sí pueden sentarse en la misma mesa, para empujar una agenda común.
Eso no significa que la tarea esté terminada. Si algo quedó claro en esta última etapa es que el sector enfrenta desafíos incluso más exigentes que los de hace diez años. Hoy la conversación ya no puede limitarse a instalar temas; ahora hay que escalarlos. Hay que masificar lo que ya mostró resultados. Hay que llevar capacidades a más empresas, especialmente a las pymes. Hay que vincular mejor la transformación con los territorios, porque la construcción no ocurre de la misma manera en todo Chile. Y hay que preparar al sector para una agenda donde la resiliencia, los datos, la inteligencia artificial, el cambio climático y la atracción de talento serán determinantes.
También hay una lección que no deberíamos perder de vista: la transformación de la construcción no es solo un desafío sectorial. Es una conversación de país. Porque en la construcción se cruzan vivienda, infraestructura, empleo, desarrollo regional, innovación, sostenibilidad y calidad de vida. Cuando este sector mejora, no mejora solo una industria: mejora la capacidad del país para responder a sus propias necesidades con mayor eficiencia, mayor inteligencia y mayor sentido de futuro.
Por eso, lo que viene no debería pensarse como una pausa prolongada ni como un simple relevo administrativo. Debiera entenderse como una transición con responsabilidad. La base ya existe. Hay una comunidad activa, hay aprendizajes, hay temas instalados y hay evidencia de que avanzar sí es posible. Lo que corresponde ahora es tomar ese acumulado y convertirlo en una nueva etapa de mayor alcance, más territorial, más conectada con la política pública y más ambiciosa en sus resultados.
La construcción que viene no parte de cero. Parte de una década de trabajo que dejó capacidades, confianzas y una hoja de ruta cultural que sería un error desaprovechar. El desafío, entonces, no es volver a empezar. Es estar a la altura de lo ya construido.